—¡Mujer, estás local —Sí, sf, descuidate... Las cuatro.
—Ea, pues chililo y a dormir.
Callaron ambas; pero la excitación de la afanosa vigilia producía su efecio, y aunque rendidas y deseosas de sueño, no podían conciliarlo. Era el instante en que se piensa en todo, recordando lo pasado, evocando con terror o ilusión lo futuro. Mientras los ojos ven en la sombra abrirse un círculo de livida luz, una especie de foco trémulo y oscilanteverde, violado y amarillo, la imaginación exaltada acumula cuidados y memorias, un tropel de deseos, esperanzas, dolores muertos que renacen, figuras y escenas ya borradas que vuelven a tomar cuerpo al calor de leve fiebrecilla.
Dolores, la mayor, cavilaba. Tenía doce años más que su hermana, y contaba apenas frece cuando quedaron huérfanas. Se veía tan chiquilla aún, calentando el biberón por la mafianila, antes de salir para el taller donde trabajaba, y metiendo el pezón artificial, tibio y blando, en ia boca del pobre angelito, para que no llorase. Los domingos era dichosa, porque podía tener en brazos todo el día a la nené. Por fin el rollo de carne con patas echaba a andar, y Dolores, hecha ya una mujer, un tanto relevada de sus tempranas obligaciones maternales, empezaba a dejarse tentar, alguna vez que otra, a ir a los bailes de los Círculos de recreo. En Carnaval asistía a fres seguidos, con flores en el pelo v guantes prestados.
Después... un episodio que Dolores no quería recordar, pero cuyos menores detalles tenía grabados, como en bronce, allá en no sé qué rincones del cerebro, donde habita la memo ria de las cosas tristes... Unos amoríos breyes, la seducción, la deshonra, el desengaño...
Historia vulgar y tremenda. La enfermedad trajo de la mano la miseria; el fruto de las entrañas de Dolores, mal nutrido por una leche excusa y pobre, languideció y sucumbió pronto, dejando contagiada a la niña de cuatro años, a Concha, con la horrible tos ferina, ios que arrancaba de sus fiernos pulmones estrías de sangre. No iuvo Dolores fiempo de llorar a su hijo; era preciso cuidar a su hermana, haceria mudar de aires en seguida... Y no po.seía un céntimo, y había empeñado hasta sus botas de salir a la calle y su único mandón. No olvidaria, no, la tarde en que, a cuerpo, tiriiando de frío, entró en la iglesia de San Efrén a rezar una Salve a la Virgen del Amparo. Al lado del camarin clareaba la reja de un contesomario; tras la reja, había un sacerdote. Arrodillada, con inexplicable consuelo, refirió todas sus cuitas. Al otro día la visitabatt dos socias de San Vicente de Paúl; al final de la semana le daban bonos de pan, chocolate y carne: de allí a medio mes colocaben a Concha en casa de una lechera que vivía a dos leguas, en una aldehuela sana y alegre; al mes y medio la niña regresaba robustecida, curada de su tos y acostumbrada a comerse una libra de pan de maíz en un cuartillo de leche. Dolores la adoraba: ya no tenía más pensamiento que aquella criatura. Anhelaba borrar lo pasado y proteger a Concha. Aborrecía a los hombres; que no la hablasen de bailes ni de jaleos. Confesbase, primero cada mes, luego cada domingo. Ya no necesitaba el socorro de los paúles, y se había apresurado a decirselo, redimiéndose, no sin cierto vanidoso contentamiento, de una protección que el artesano laborioso juzga siempre humillante, por lo que trasciende a limosna. Mas le restaba el auxilio moral, la recomendación de las socias, que jamás la consintió carecer de trabajo. Prefería las casas al taller, porque en las cocinas la permitían dar de comer a Concha, y aun le rogaban que la llevase. enamorados de la hermosura y despejo de la rapaza. Así que ésta fué creciendo y pudo coser también, se hizo preciso mudar de sistema y volver a los talleres; no era fácil que en las casas facilitasen labor a dos modistas a un tiempo, y antes se dejaría Dolores cortar una mano que apartarse una pulgada de su chiquilla, alta ya y formada, tentadora como el fruto que empieza a madurar. ¡Eso sí que no! Para desgraciada bastaba ella; a Concha que no la tocase ni el aire; corría de su cuenta defenderla con dientes y unas. Todo cuidado era poco en aquella ciudad de Marineda, donde chicos del comercio, calaveras y señoritos ociosos no pensaban más que en seguir la pista a las muchachas guapas. Temía Dolores, en particular, a los señoritos: ¿por qué no se dedicaban a las de su clase? ¡Tanta señorita sin novio, y las artesanas obsequiadas, perseguidas, cazadas como perdices! Mirando lo que sucedía, era cosa de temblar: ¡cuántas chicas preciosas, que serían buenas si no hubiesen tropezado con un picaro, y que se veían perdidas, desgraciadas para siempre! Unas, leniendo que mantener dos y tres criaturas; otras, descendiendo poco a poco desde el primer desliz hasta caer en la vida airada... Daba compasión. ¡Y el lujo! Eso, eso era lo que ponía a Dolores fuera de sí. ¡Bailes, chaquetas de ferciopelo, disfraces en Carnaval, botitas de a cuairo duros! ¡Muchachas que ganaban una peseta y cinco reales diarios, digame V., por Dios, de dónde lo han de sacar! Ya se sabe: teniendo un oficio de día y otro de noche.
¡Malvadas!
No eran fales soliloquios nuevos en Dolores, sino tan antiguos como las inquietudes respecto a su hermana; mas lo curioso del caso fué que, sin que un solo día dejase de hacer semejantes reflexiones, a medida que Concha se desarrollaba y empezaba a celebrarse su lindo palmiro, despertábase en la hermana mayor esa vanidad característica de las madres, y a costa de privaciones y escaseces la emperejileba y componía, para que no quedase por bajo de las demás, y por el delito de mantenerse honrada, no pareciese la pueren Cenicienta. Con este motivo sufrió Dolores alguna fuerte reprimenda de su confesor, jesuíta sagaz, que la decía: —Si tú misma fomenJos en la chiquilia la presunción, ¿cómo quieres que no te dé a la hora menos pensada un disgusto? Ponia de hábito, anda. ¿No has aprendido en tu cabeza?
¡De hábito! Dolores lo usaba hacía muchos años, desde su desgracia; pero... ¡cubrir con aquella estameña burda el gentil cuerpo de Conchal Prefirio confesarse menos, y se reirajo algo de sus devociones, a fin de no ser renida por su inocente vanidad maternal. Redobló, eso sí, la vigilancia, y se hizo centinela asiduo, infatigable, siempre alerta. Concha era fácil de guardar: no quería salir sola; a los bailes, a los temibles bailes, prefería el teatro, su única afición. Tomaban dos entradas de cazuela, y la niña, colgada de la barandilla, gozaba lo indecible. Al regresar a casa, se sabía de memoria trozos de verso, fragmentos de escenas. Semejante gusto no parecía peligroso, mas el diablo la enreda, y he aquí cómo vino a resultar alarmante. Conservaba Dolores una casa. donde cosía desde tiempo immemorial, y cuya dueña era cuñada del Vicepresidente del Casino de Industriales. la sociedad más floreciente y numerosa de Marineda.
Acababa esta sociedad de organizar una sección de declamación, dirigida por un exactor, y menudeaban en el teatrillo del Casino funciones de aficionados. La parte masculina no estaba del todo mal, ni faltaban aprendices; en cambio las mujeres escaseaban. Al saber las disposiciones dramáticas de Concha, framose en casa del Vicepresidente un pequeño complot; comprometieron a Dolores, que no pudo desenredarse, y su hermana hubo de tomar parte en algunas piececillas.
Nuevo disgusto con el confesor, que censuró agriamente la debilidad de Dolores. Esta, bajando la cabeza, reconoció toda su culpa.
En efecto, con el tal teatro se habla introducido en la existencia de las dos hermanas un elemento de desorden: se trasnochaba, se pasaban las horas muertas discurriendo trajes y adornos; Concha no pensaba más que en estudiar y ensayar su papel; a los ensayos, por supuesto, la acompañialia Dolores, cosida a sus enaguns; con todo, era muy arduo vigilar, en la confusión de entradas y salidas al vesmario y escenario. Prueba de ello fué que ana noche, al regresar a su casa, Concha sacó del bolsillo un papel blanco dobladito, y echándolo en el regazo de la hermana, dijo desenfadadamente: —Mira eso.