-Corriente -murmuró ella, divertida e interesada, como siempre, por aquel diantre de hombre-. No quiero discutir.
-Pues si lo reconoces, tienes que confesar también que a mí me corresponde el Amor; es mi lote, es mi hijuelo. Luego, niña, aunque yo no venga para decirte cosa alguna que tenga que ver con el santo yugo, no es razón para que no me escuches cuando te hable del santísimo y precioso amor. ¡Oye mi trova! Porque en mí debes ver a un trovador de aquellos tiempos en que se endechaba al pie de una ventana gótica... Sólo que los procedimientos se han perfeccionado: hemos progresado mucho, y ahora las trovas las cantamos en el propio y misterioso gabinete de nuestra dama.
Y con mezcla de cómico y serio, Solano se medio arrodilló ante Irene, y en el respaldo de lira de una silla imperio hizo ademán de tocar la guzla.
-Eres de remate -exclamó Irene, sofocada, a pesar suyo, por la risa.
-Bueno -murmuró él, enderezándose-. Te hago reír. Preferiría otra nota... Pero ¿sabes lo que te profetizo? Que hoy has de pronunciar a solas mi nombre, suspirando. Sí, lo has de hacer, porque soy para ti eso que se sueña, a lo que aspira, sin saberlo nosotros mismos, todo nuestro ser. Nada te falta: fortuna, juventud, hermosura; el mundo te halaga, vas a todas partes...; pero eso, sin amor, es un paisaje que le falta el cielo. Y el amor no lo encontrarás en los salones, no lo encontrarás en los pretendientes que te salgan, no lo encontrarás sino en mí, Francisco Javier Solano, la calamidad... Te digo más: y es que tú me adoras. ¡Vaya si me adoras! Lo mismito que siempre, aun cuando me lo hayas negado si he conseguido hablarte o verte a solas. Tus ojos decían que sí y tu boca que no... Yo creo a tus ojos, a los dos negritos.
-Mira -balbució ella, no sin un poco de sobrealiento y con la cara encendida-, tu conversación interesa; pero es la hora en que a algún amigo pueda ocurrírsele venir, y sabe Dios lo que pensarían... Estamos perdiendo el tiempo. Nuestras vidas van por distinta órbita... Es decir, que debes largarte.
-Esos amigos que vienen a verte, ¿serán pretendientes! No, no creas que voy a pedirte cuentas.
-Ni yo a dártelas...
Un instante permanecieron mirándose, como si desafiasen sus almas en aquel duelo incruento de dos voluntades. Los ojos cruzaron un relámpago. Y, de pronto, Solano, con movimiento lleno de soltura, el airoso gesto del que recoge una flor, rodeó el talle de Irene, la atrajo a sí, y ella, vencida, se dejó ir, sintiendo sobre su pecho, entre un vértigo que la desvanecía, el batir y golpear del corazón de Solano... Las palabras que éste murmuraba a su oído eran como una música distante, más suave, arrobadora.
-¿Lo ves? ¡Si yo lo sabía! En cuanto te acercases a mí... ¿Y qué tiene de extraño? ¿Lo ves, tonta, niña de mi alma? ¿Lo ves, gloria de mi vida?
Y lo primero que ella pudo articular fue, en tono de súplica:
-Mira, vas a irte... Te lo pido por favor... De un momento a otro espero gente.