La silla de posta se detuvo a la puerta del convento con ferranchineo de ejes, entre repiques apagados de cascabeles y retemblido de vidrios, que gradualmente cesó. Un lacayo echó pie a tierra, y arqueando el brazo y presentándolo ayudó a descender al nobilísimo señor don Diego de Alcalá Vélez de Guevara, sumiller de cortina del rey, de su Consejo, y comisario general apostólico de la Santa Cruzada, y cuarto marqués de la Cervilla. Sus flacas piernas vacilaron al dar el salto, y su cara amarillenta, pergaminosa, se contrajo penosamente al herirla un picante rayo solar. Sus ojos, negros y duros, parpadearon un momento; volviose hacia el interior del coche, y ordenó:
-Baja.
Un crujir de seda, un espejear de reflejos de tafetán tornasol, el avance de un pie breve, de un chapín aristocrático... La mujer brincó ligeramente, con graciosa agilidad de paloma que se posa, y, sumisa y callada, esperó nuevo mandato.
-Entra -dijo don Diego imperiosamente.
Ella comprendió. Donde había que entrar era en aquel zaguán enorme, enlosado de piedra, en cuyo fondo se veía el torno monástico, la enorme puerta, de gruesos cuarterones y, encima de la puerta, un relieve en piedra, enyesado: la Virgen de la Angustia, con su divino Hijo sobre el regazo, muerto. Al pie del relieve, en anchas letras negruzcas, podía leerse: «Morir para vivir.»
Asió don Diego el cordón de la campana y dio tres toques, pausados, solemnes. Aún no se había extinguido el eco de las campanadas, cuando volteó el torno y asomó por el hueco del aspa la faz pacífica de una monja.
-¡Ave María!
-Sin pecado... Hermana tornera, ábranos. Soy don Diego.
-¿El señor hermano de la madre abadesa? Aguarde useñoría... Ahora mismo abriré.
Ruido de cerrojos, rechinar de llaves... La gruesa, sólida, grave puerta giró sobre sus goznes lentamente, y un perfume de rosas vino del jardincillo claustral. La joven compañera de don Diego respiró con avidez aquel aroma delicioso, y corriendo, se acercó a los rosales, que la hermana hortelana acababa de regar y en cuyas hojas brillaban resbalando las gotas de agua, trémulas y cristalinas. La voz severa de don Diego la interpeló:
-Aurora, ¿qué haces?
Se detuvo, intimidada. La luz diurna la hería de lleno; había dejado caer la capelina de su sobretodo de viaje, de fosca seda torzal con cambiantes rojizos, y la hermosa cabeza, ya casi desempolvada a fuerza de traqueteos del coche, se gallardeaba con el poderoso encanto de los dieciséis años, rubios y virginales. Un poco de miedo y otro poco de vergüenza -la vergüenza del mal que otros hicieron, la vergüenza de las almas puras- excitaban penosamente el corazón todavía infantil de Aurora. Y la tornera, compadecida, murmuró:
Texto verificado