Algunas, ó, por mejor decir bastantes personas lo habían observado. Ni una noche faltaba de su silla del circo la admiradora del domador.
¿Admiradora? ¿Hasta qué punto llega la admiración, y dónde se detiene, en un alma femenil, sin osar traspasar la valla de otro sentimiento? Que no se lo dijesen al vizconde de Tresmes, tan perito en materias sentimentales: toda admiración apasionada de mujer á hombre ó de hombre á mujer para en amor, si es que no empieza siéndolo.
La admiradora era una señorita que no figuraba en lo que suele llamarse buena sociedad de Madrid. De los concurrentes al palco de las Sociedades, sólo la conocía Perico Gonzalvo, el menos distanciado de la clase media y el más amigo de coleccionar relaciones. Y, según noticias de Gonzalvo, la señorita se llamaba Rosa Corvera, era huérfana y vivía con la hermana de su padre, viuda de un hombre muy rico, que le había legado su fortuna. Considerando á Rosa, más que como á sobrina, como á hija; resuelta á dejarla por heredera, la consentía además libertad suma; y no pudiendo la tía salir de casa—clavada en un sillón, por el reuma—, la muchacha iba á todas partes bajo la cómoda égida de una de esas que se conocen por carabinas, aunque oficialmente se las nombre damas de compañía, institutrices y misses. Rosa era una independiente; pero no podía Perico Gonzalvo (que no adolecía de bien pensado) añadir otra cosa. La independencia no llegaba á licencia.
Quizás la admiración vehemente mostrada al domador—que en los carteles adoptaba el título de vizconde de Praga, enteramente fantástico, imposible de descubrir en cancillería alguna—fuese la primer inconveniencia cometida por Rosa. Sin duda, el hecho constituía una exhibición de mal gusto en una joven soltera, y más en España, donde es sospechosa para el honor cualquier excentricidad de la mujer. Lo cierto es que Rosa llamaba la atención, y su actitud empezaba á darla notoriedad. Se discutía su figura, su modo de vestir; se convenía en que, sin ser una belleza, no carecía de encanto. Itubia, alta, bien formada (extremo que la moda ceñida hace muy fácilmente demostrable), la hermoseaba, sobre todo, la expresión como de embriaguez divina que adquiría su semblante al salir el vizconde de Praga á desempeñar su número: el encierro en una jaula con un sólo león, pero terrible; Drago, que, indómito, vigoroso, valía por seis de los criados en cautiverio.
—Las bacantes, en los misterios órficos, tendrían ese gesto—decía Tresmes, que había leído todo lo concerniente á anomalías amorosas y perversiones antiguas y modernas.
Pero Tresmes, en este punto, confundía. El gesto de Rosa, lejos de expresar nada impuro, sólo dejaba trasmanar el entusiasmo heroico. Eran nobles, hasta la sublimidad, los sentimientos que asomaban á aquel rostro de mujer, y si el amor entraba á la parte, sería con el carácter más espiritual, como transporte ante la nobleza del valor viril. Por otra parte, Rosa no practicaba el menor disimulo.
Abonada á diario á dos sillas, las más próximas al sitio en que se colocaba la jaula de Drago, entraba poco antes que comenzase el trabajo del domador, y concluído éste, se levantaba con desdeñosa indiferencia, envolviéndose en un abrigo de última moda y pasando por entre los espectadores sin mirarlos. Su lindo landaudet eléctrico esperaba siempre á la puerta. Y, sin cuidarse del runrún curioso que alzaba su paso, retirábase, pálida aún de la emoción.
El domador habia notado lo que todos notaban. Era un hombre joven, aunque no tanto como parecía, por la robusta esbeltez de su cuerpo y la finura acentuada de sus facciones, debida á la sangre georgiana. Nada más airoso que su torso, nada mejor delineado que sus pies y manos, á no ser su bigote ó los rizos naturales de sus cabellos negrísimos. No era el tipo del dandy, del elegante que se ha formado su distinción á fuerza de alta vida y de hábitos de lujo; era un ejemplar de las razas humanas aristocráticas de abolengo, perfectamente arianas.
Consciente del efecto que producía en Rosa, el domador adoptaba posturas románticas, quebraba la cintura como un torero, avanzaba la pierna, nerviosa y de perfecta forma, cautiva en el calzón de punto gris perla, y sacudía con gentileza los bucles de su frente, húmeda de sudor, enviando á la señorita una sonrisa y un ligero signo de inteligencia. Por señas que, en el palco de los elegantes, este signo fué considerado indicio de algo serio; y sólo cambiaron de opinión al exclamar Tresmes:
—¡Qué tontería! Si se entendiesen, ella no vendría ya á exhibirse aquí. Os digo que, á pesar de las apariencias, ese hombre y esa mujer no han cruzado palabra. Pongo la mano derecha á que no.
Y razón tenia el calvatrueno, sagacísimo conocedor del alma de la mujer. El domador no había dado un paso por ponerse en contacto con su apasionada, por una razón prosaica y sencilla: era casado. Vivían su esposa y sus dos hijos en una casita, al borde del lago de Como, y la fortuna de la señorita española—fortuna de la cual, por otra parte, ella no podía aun disponer—, no le resolvía problema alguno. Halagábale, ciertamente, aquella devoción, aquel homenaje; aunque otra cosa diga la leyenda, no es tan frecuente que las espectadoras se enamoren de tenores, domadores y cómicos. Semejante fascinación, no oculta, acababa por envanecer al supuesto vizconde, llamado realmente Marco Diáspoli. Pero una aventura, de pasada, no se podía intentar. La contrata iba á terminar, y el domador era esperado en Viena. Y como, fuera de la aventura, no existía finalidad, el domador se limitaba á dejarse acariciar por los magnéticos ojos fijos en él.
—¿En él?—He aquí una pregunta que su vanidad de histrión heroico no le permitió formular, pero que el ducho Tresmes lanzó, con gran extrañeza del auditorio.—¿Estáis seguros de que á esa muchacha, quien la entusiasma, es el domador? Porque yo, que la estudio mucho, he llegado á dudar ¡si no será más bien el león!
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