-¿Y la reina también comía?...
-No. Aparentaba. Así que la gente empezaba a emborracharse, se retiraba a su cabaña con sus sirvientes, y yo iba a hacerle compañía, mientras su esposo seguía bebiendo. No era maleja, compadre, y, sobre todo, un cuerpo como un mástil; daba gloria verla andar. No le oculto a usted que olía bastante a hormigas, a pesar de que todos los días se bañaba dos veces en el río.
-Y el rey, ¿era celoso? -pregunté, divertido con tan original aventura de amores.
-El rey..., o mejor dicho, el cacique, no se acordaba de sus ocho o diez esposas sino cuando le daba la gana de visitarlas. Se me figura que eso de los celos varía mucho con las latitudes.
-Y cuando le regaló a usted ese diamante de la corona la reina, ¿no se enojó el rey?
-¡Bah! Ni sabía ni supo de eso palabra. ¡Si tampoco lo supe yo hasta algún tiempo después! La reina, que se llamaba Baraní, me tomó una querencia desatinada. A ella debo el no haber dejado allí la piel, porque me dio un aviso, y escapamos de la emboscada que nos tendían, para quedarse con nuestro aguardiente y su caucho, y además, supongo que con nuestros cuerpos, destinados al asador. Baraní me pidió de rodillas que la llevase conmigo para cojín de mis pies, para esclava. Claro que me negué. Al despedirse, como una europea me pondría un escapulario, me colgó una bolsa de fibras. Era un talismán, y sabiendo que estos indios practican infinitos ritos mágicos y mil supersticiones, no lo extrañé. Baraní, al colgármelo, exclamó:
-¡El Tupa (ellos llaman así al Espíritu que adoran) hará que ninguna blanca sea tu compañera, ni viva a tu lado bajo tu techo!
-¿Qué hubiese usted hecho? Lo que hice yo: soltar la risa. Unos cuantos meses llevé colgada la bolsa, sin ocuparme de ella, hasta que un día, al lavarme, se me ocurrió mirar su contenido. Había dentro fragmentos de huesos humanos, dientes de pez, semillas de árbol, y el brillante. Estaba en bruto, y abultaba más que ahora. Por la costumbre del tráfico, comprendí que era piedra de gran valor, y la guardé. Las otras porquerías las tiré al mar.
Mandé tallar el brillante, y quedó como usted ve -añadió, haciendo resaltar sobre su pecho el medallón, que resplandeció, encendiendo en un rayo solar irisadas luces-. Mientras viajé, no me acordé del conjuro de Baraní, porque mis amores eran de días, de horas, de minutos. Pero cuando me retiré, con un caudal regular, a mi tierra, y me entró deseo de casarme y de tener chiquillos -la vejez en soledad no siempre es alegre, ¡se acuerda uno de tantas cosas cuando está solo!-, se me vino a la memoria, no sé por qué, lo que me había dicho la salvaje... Claro es que lo consideraba una tontería; pero frecuentemente pensaba en ello. Y será casual, o serán artes del diablo, pero no se explican sólo con hablar de coincidencias. Mi primera novia, que era sobrina carnal mía, hija de mi hermano Rafael, enfermó y murió tísica apenas se concertó la unión. ¡Muchacha más angelical! Mi segunda novia, nieta de un arrendador, ¡una chiquilla formalísima!, se escapó de su casa, tres o cuatro días antes de la boda, con un hijo de un fondista, que se la llevó a América. Mi tercera novia fue una viuda guapa, que tenía fincas en Santander, y la mejor reputación, y próximo también nuestro enlace, hasta que se averigua que vivía el primer marido... Mi cuarta novia era mi criada, una muchacha como un pino, montañesa; estaba entusiasmada con lo de ascender a señora... Y, sin causa conocida, la entra un histérico, y se vuelve loca, pero de atar; en Ciempozuelos la tiene usted aún... Ya desesperando de noviazgos, busqué otros consuelos, otros arrimos..., aventurillas, ¡qué sé yo! Y lo propio: no hubo cosa que me durase quince días; parecía que una mano invisible rompía los hilos... Mire usted que se lo digo en serio: llegó a hacerme cavilar, ¡recontratoño! Claro es que todo podía atribuirse a lo más natural!, ¡pero tantas veces! ¡No conseguir lo que cualquiera consigue: un hijo, una mujer!
El marino se detuvo, me ofreció un puro exquisito (él no lo fumaba sino así), y, clavándome los ojos escrutadores de lejanías, murmuró:
-¡Ahora ya, quién piensa en eso!... ¡Los huesos están muy duros! ¡Ahora..., a ver qué tiempo puede navegar aún un barco viejo, bien carenado!...