-¿Ketty? ¿Ketty?
La inglesa despertó, se frotó los ojos y murmuró, sonriendo cándidamente:
-What is the matter?
-Levántate pronto -articuló una vocecita dulce, un poco puntiaguda-. Aquí está lo que me dijiste que le pidiese a Ramiro...
El salto elástico de la miss fue como el de una gata joven. Diez minutos después, habiendo dejado el lecho, estaba ya muy alisada, vestido el jersey, derecho el almidonado cuellecito blanco. La señorita Leonor sonreía, enseñándole los trozos de papel-cartón, en que un cromo modernista representaba una pareja, enlazada para el tango argentino.
Eran billetes para el baile que en el Real patrocinaba la elegante sociedad Smart Club, o por mejor decir, algunos de sus miembros gallardos y calaveras. Se jactaban de que concurrían todas las mujeres guapas de Madrid, lo cual significaba que irían todas las alegres, guapas o feas. Y Ketty, la carabina de la hija de los duques de la Morería, lograba con esos billetes lo que tramaba desde tiempo atrás: la complicidad de su señorita, tenerla sujeta, convertida en amiga complaciente. Aquella hija de Albión, de tez nacarada por las nieblas, de pelo dorado cenizoso, que colgaba en su habitación los retratos de los reyes de Inglaterra y una copia de la Concepción de Murillo, era lo que se llama una mezcla explosiva. La conocían bien los que en Madrid cultivan el género, y hasta le habían puesto un apodo: «Pólvoranieve». Los únicos que no se habían enterado eran los señores duques, ocupado él en derrochar su hacienda en sports, y ella en prácticas devotas, muy loables, pero no tanto como lo fuera el acompañar a su hija, en vez de fiarla a la fe británica.
Los billetes, pedidos por Leonor a un primo suyo, Ramirito Lanzafuerte, servirían para la primera escapatoria de Leonor. Ketty venía inflamándole la imaginación, pintándole cuadros atractivos. Ella, Ketty, alquilaría los disfraces. Nada de anticuados dominós: unas pelucas de color, unos antifaces que tapasen bien, y lo demás, a capricho. En el baile, podría Leonor embronar a su gusto, no sólo a amigos y conocidos, sino a todo bicho viviente. Hora y media de este ejercicio, y luego, ¡a casa otra vez, a dormir como santas!
-¿Y si lo sabe mamá? -repetía Leonor, medrosa.
-¿Cómo va a saberlo? Salimos por la verja del jardín, tapaditas con abrigos viejos... Yo tendré avisado un cochecillo... Nunca sucede que, después de acostadas, vengan a molestarnos...
El programa se realizó. Disfrazáronse en las habitaciones de Ketty, secundarias, en el piso entresuelo. Por allí nadie solía pasar. Leonor se divertía como en su vida se había divertido. El traje, lejos de ocultar su cuerpo, le prestaba líneas encantadoras. Era una larga funda Edad Media, de pana rosa, y una caperuza de tisú de planta, sobre un pelucón rosa pálido, cuyas crenchas le llegaban al talle.
-Estoy azarada... Me van a conocer... -repetía.
-¡Qué habían de conocerte! -repuso la inglesa, la cual, por afición a lo típico español, iba de gitana, faldellín de volantes, peines de celuloide rojo mordiendo las ondas azul ultramar de otra peluca fantástica.
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