Estaba siempre allí, en el ángulo de la humilde salita, arrinconado, y todos los sábados lo desempolvaba Ángeles cuidadosamente. Era un magnífico paraguas, cuyo origen británico no podía ponerse en duda, y que tenía ese aspecto confortable que caracteriza a los productos de la industria inglesa; y lo elegante del puño, lo rico de la seda, lo recio y bien modelado de las bellotas que, pendientes de un cordón, decoraban el mango, producían una impresión de lujo.
Lo que rodeaba, en cambio, transcendía a pobreza vergonzante. Muebles marchitos y estropeados, que vanamente intentaban recomponer doña Máxima y Ángeles, vestidas también ellas, no diré de andrajos, pero de trapitos ala de mosca -vueltos, recosidos y rezurcidos-, y sujetas a régimen de patatas y sardinas, lo más barato que por entonces salía a la plaza.
Llevaban las señoritas de Broade, que tal era su apellido, con suma dignidad su triste situación. Las había reducido a ella un caso singular: la desaparición del padre y esposo, que tanto pábulo dio a las conversaciones; como que no se extinguió el alboroto en la ciudad hasta pasado un año. El señor Broade, el desaparecido, empleado en el escritorio de una importante casa de banca, era un hombre del cual nada malo se dijo nunca. Una tarde salió, como otras muchas, a dar su paseíto higiénico, y paseíto fue, que iban transcurridos largos años sin que el paseante hubiese vuelto a su domicilio.
Todas las conjeturas se agotaron; todas las hipótesis se emitieron; la justicia hizo diligencias, la policía indagó y no se pudo descubrir huella ni rastro. Hubo quien dijo haberle visto en la tarde fatal, cruzar bajo los arcos de la plaza en dirección al muelle: iba como de costumbre, a paso menudo, y empuñaba el paraguas. Hubo quien se jactó de que Broade le había devuelto el saludo «muy atentamente», lo cual no arrojaba demasiada luz. Lo positivo es que el buen señor... sttt... como una nubecilla de humo.
¿Se trataba de un crimen? Los crímenes suelen dejar señales; hay que suprimir el cuerpo de la víctima o esconderlo de suerte que no pueda ser hallado, y no es operación muy fácil. Además, ¿por qué un crimen? ¿A quién estorbaba el insignificante empleadillo? ¿El objeto sería el robo? Según declaración de doña Máxima, que lo repitió en todas las formas, de palabra y en sus declaraciones, llevaría en el bolsillo, en aquella ocasión, treinta y pico de reales. ¿Un suicidio? Tampoco el suicida puede hacerse desaparecer a sí propio. Hasta los ahogados salen, reaparecen. Dando vueltas a la noria, nadie encontraba explicación que satisfaciese. Broade se había evaporado «cual gota de agua que seca el ardor canicular» -exclamó uno de los empleados de la casa de banca, cómico de afición, que solía representar, en noviembre, el «Tenorio». El chiste abrió camino a otros muchos. Se bromeó acerca de la vida de hogar de Broade. Convenían en que la esposa y la hija del desaparecido eran personas excelentes; sólo que, de puro buenas, especialmente la mamá, nadie podía aguantarlas, y Broade, hastiado de babosos cariños, había huido de la cadena conyugal, yéndose no se sabe a qué regiones desconocidas. Pero llevando por viático treinta reales, ¿a dónde se va? Y la oscuridad de la tragedia se hacía más densa aún. Nada, que no tenía solución el enigma.
Y se fue relegando al olvido, en compañía del escándalo de la señorita que se fugó con su maestro de música y de la cuchillada que le dio al magistrado un licenciado de presidio, a la misma puerta de la Audiencia. Sólo en la pobre morada de las señoras de Broade la memoria estaba tan viva como en el primer momento. Había sido para ambas en culto el marido, el padre. Caídas repentinamente en el apuro económico, se pusieron a trabajar, sin una protesta, sin intentos de pedigüeñería. Bordaban primorosamente, y tomaron la aguja, cruel amiga de la mujer, que la mantiene y la ciega. La vista de la madre fue la primera que se resintió. Iba quedándose en sombras por momentos. Tampoco las lágrimas dejan de ayudar a la aguja, en esta faena de cegar. Doña Máxima lloraba cuando podía, a hurtadillas, de noche, en la iglesia, y cuando apoyaba la ya arrugada frente en los vidrios para mirar al mar, que con su voz pavorosa le murmuraba secretos. Porque secretos había en el suceso: los hay en todo y siempre. En primer término, la madre y la hija se habían comunicado uno.
-Apostaría lo que no tengo, mamá -decía la hija-, a que papá vive.
-¿Cómo lo sabes?, respondía la madre muy sobresaltada, más que alegre.
-Una pequeñez, que no se me quita de la cabeza, declaraba Ángeles. ¿Recuerdas tú que el día de la desgracia, papá te pidió prestado tu paraguas para salir, por si aquel viento del Sureste traía lluvia?
-Bien me acuerdo, bien... Aun le dije que mi paraguas era pequeño para hombre, y estaba viejo; pero me replicó que más viejo era el suyo, que la tela ya no se sujetaba, de puro rota en jirones, a las varillas. Y se llevó el mío... ¡Qué importa el paraguas!, gimió de súbito, dando suelta al llanto.
-Mamá, por la Virgen de los Dolores, no más llorar... Ya sabes lo que dice el médico... Bueno, al principio, por algún tiempo, estuvimos como locas... Yo no comprendía lo que me pasaba. Así que empecé a volver en mí, y me pude fijar, vi que papá tenía otro paraguas, suyo, de lo mejor, metido en una funda, en el rincón de la sala, junto al sofá. ¿Por qué entonces te pidió el tuyo, que no valía nada?
Doña Máxima parecía sobrecogida, temblorosa.
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