La profesión médica tiene horas terribles, y por muy curtido que esté el corazón, se pasan las de Caín. Los materialmente compasivos y bondadosos sufren al ver dolores y agonías; los más refinados sufren en especial al comprobar los límites de la ciencia, lo nulo del saber, lo fatal de las leyes naturales... A los primeros les duele la carne; a los segundos, el espíritu.
El doctor Cano era de estos últimos. Estudió lleno de ilusión. El ídolo de nuestra edad le contaba entre sus devotos. Soñaba mucho, y no daba forma poética, sino científica, a sus sueños. Descreído y hasta unas miajas enemigo personal del que nos mandó amar a nuestros enemigos, se forjaba en su fantasía planes de sustituir a la Providencia por el conocimiento. Era estrictamente leal, estrictamente honrado, y su culto a la verdad rayaba en fanatismo. Dos o tres veces había arriesgado la vida oscuramente, en secreto, inoculándose sueros y cultivos microbianos para experimentar esto o lo de más allá. La abnegación propia de su labor la tenía en grado sublime, y el desinterés y el desprendimiento que demostraba siempre le valían una aureola de respeto; entre sus mismos compañeros no se decían de él sino bienes.
Un día recibió por teléfono urgente recado. Su cliente la condesa de Arista le avisaba de que pasase a verla sin demora. El coche de la condesa había salido ya a buscarle.
«Será el cólico nefrítico de costumbre», pensaba el doctor, reclinado en la berlina azul, tan confortable y flamante, de la aristocrática señora.
Se engañaba en sus presunciones el médico. Tratábase de un ataque repentino de sofocación, y la paciente no era la condesa, sino su hija, muchacha de unos dieciséis años. La enferma, con la boca muy abierta, el pecho aún jadeante, yacía tendida en la meridiana de su dormitorio. Antes de que el doctor pisase la escalera, sobrevino el alivio; pero la madre, oprimida todavía por el terror, estaba medio loca.
-¡Creí que se moría, doctor! ¡Creí perderla!
Cano sonrió con la sonrisa bien informada, algo irónica, que reservan los médicos a las alarmas extremosas de las familias. La condesa no correspondió al gesto profesional con otro de tranquilidad y calma recobrada. Al contrario, tirando disimuladamente de la manga al doctor, le llevó hacia un gabinete contiguo, y cerciorándose de que no podían oírles, le acorraló trémula, ardiente:
-¡La verdad, doctor!... ¡Sólo la verdad! ¿Se muere la niña?
-¡Friolera, señora! ¿De dónde saca usted eso?
-¡De que la he visto con el ataque, y eran las ansias de la agonía! ¡Si estuve por llamar al cura al mismo tiempo que a usted... o antes que a usted!
-Hizo usted bien en contentarse conmigo..., o conmigo y dos de mis colegas si tanto apremiase el caso, que de seguro no apremiaría... Vamos, tranquilícese usted. ¿Ha tenido otras veces estos ahogos?
-Sí, pero mucho más leves. Ya le hablé a usted de eso alguna vez. Usted no le dio importancia.
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