Bramaba el bosque, rugía el viento, los pinos centenarios lloraban y gemían… La vieja bruja Tormenta de Nieve giraba en una danza salvaje. El Abuelo Escarcha la miraba, aplaudía y exclamaba con aire satisfecho, frotándose las manos:
—¡Bravo! ¡Ay, abuelita Tormenta de Nieve, bravo! Y el bosque bramaba, y los viejos pinos lloraban y gemían. Todo alrededor estaba oscuro, inhóspito. Las bestias se habían escondido en sus guaridas para esperar allí la tormenta feroz. Ellas estaban alegres, calientes y cómodas. Todas tenían familias, tenían hijos buenos y cariñosos, tenían seres queridos.
El Osito Gris no tenía a nadie. Completamente solo en este mundo blanco estaba el Osito Gris y peludo. Y vivía, como un eremita, enteramente solo en lo más espeso del bosque, y nadie nunca se asomaba a visitarlo.
Era grandísimo y fuertísimo, tan grande y tan fuerte que todos sus compañeros osos parecían débiles criaturas en comparación con él.
Y todas las bestias le temían: tanto liebres como zorras, lobos y osos. Sí, incluso los osos le temían cuando él caminaba por el bosque, todo despeinado, enorme y terrible, con ojos brillantes; y apenas salía de su guarida con su torpe y pesado paso, todos huían, apartándose de su camino.
Y sin embargo, no había hecho mal a nadie y era temible solo porque se había vuelto salvaje en la soledad.
Y llevaba mucho tiempo siendo solitario. Hacía muchísimo tiempo que había llegado a este bosque desde una espesura negra y remota y se había establecido aquí, en un bosque ajeno, en una nueva guarida que él mismo excavó apresuradamente.
Los hombres le arrebataron a su esposa osa y a sus oseznos hijos, los mataron, y a él mismo lo hirieron con una bala. Esta bala quedó firmemente alojada en su gruesa piel de oso y le recordaba que los hombres eran sus enemigos, que lo habían hecho desgraciado para toda la vida. Y el Osito Gris odiaba a los hombres tanto como es posible odiar a los enemigos más feroces. Y también odiaba a las bestias: se alejó de ellas adentrándose más en el bosque y no quiso hacer amistad con ellas. ¡Cómo no! Pues ellas eran felices a su manera, y a él, solitario, ofendido y embrutecido, le dolía contemplar la felicidad ajena.
En aquellos días en que la tormenta de nieve giraba y el viento cantaba, él se sentía mejor, y su alma se volvía más ligera y alegre. Se metía en su guarida, lamía su pata y pensaba en cuán crueles y malvados eran los hombres y cuánto los odiaba —él, el oso grande, gris y peludo.
Bramaba el bosque, giraba la ventisca y los viejos pinos crujían.
El Osito yacía sobre su lecho de musgo y hojas y esperaba la llegada de la noche. Deseaba dormirse bien para olvidar la rabia, el odio y la melancolía.
Y de repente, en la penumbra de su guarida, algo brilló inesperadamente con intensidad. Un pequeño bulto rosado dio una voltereta en el aire y cayó justo a los pies del oso.
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