Érase una vez una niña pequeña. Era modesta y bondadosa, obediente y trabajadora. La madre no podía alegrarse lo suficiente de tener una ayudanta así: la hija la auxiliaba en las tareas del hogar y, cuando todo el trabajo estaba hecho, leía algo en voz alta a su madre.
A todos les agradaba esta dulce niña, pero quien más la quería era la abuela. En cierta ocasión, cosió una caperucita de terciopelo rojo y se la regaló a su nieta por su onomástico.
La nueva caperucita le sentaba muy bien a la niña, y como desde aquel día no quiso llevar ninguna otra, la gente la llamó Caperucita Roja.
Un día, la madre decidió hornear un pastel.
Amasó la masa, mientras Caperucita Roja recogía manzanas en el jardín. ¡El pastel quedó espléndido! La madre lo miró y dijo:
—Caperucita Roja, ve a visitar a la abuela. Te pondré en la cestita un trozo de pastel y una botella de leche; llévaselos.
Caperucita Roja se alegró, se preparó al instante y partió hacia la casa de la abuela, que vivía al otro extremo del bosque.
La madre salió al porche para despedir a la niña y comenzó a darle consejos:
—No hables con extraños, hija mía, y no te apartes del camino.
—No te preocupes —respondió Caperucita Roja, se despidió de su madre y emprendió el camino a través del bosque hasta la casa donde vivía la abuela.
Caperucita Roja caminaba por el sendero, caminaba, cuando de pronto se detuvo y pensó: «¡Qué flores tan hermosas crecen aquí, y yo ni siquiera miro a mi alrededor; qué melodiosamente cantan los pájaros, y yo como si no los oyera! ¡Qué bien se está aquí, en el bosque!»
En efecto, los rayos del sol se filtraban entre los árboles, en los claros florecían fragantes y bellas flores, sobre las cuales revoloteaban mariposas.
Texto verificado