Era aquel un matrimonio dichosísimo. Las circunstancias habían reunido en él elementos de ventura y de esta satisfacción que da la posición bien sentada y el porvenir asegurado. Se agradaban lo suficiente para que sus horas conyugales fuesen de amor sabroso y sazón de azúcar, como fruto otoñal. Se entendían en todo lo que han menester entenderse los esposos, y sobre cosas y personas solían estar conformes, quitándose a veces la palabra para expresar un mismo juicio. Ella llevaba su casa con acierto y gusto, y el amor propio de él no tenía nunca que resentirse de un roce mortificante: todo alrededor suyo era grato, halagador y honroso. Y la gente les envidiaba, con envidia sana, que es la que reconoce los méritos, y, al hacerlo, reconoce también el derecho a la felicidad.
Años hacía que disfrutaban de ella, y la había completado una niña, rubio angelote al principio, hoy espigada colegiada, viva y cariñosa, nuevo encanto del hogar cuando venía a alborotarlo con sus monerías y caprichos. Con la enseñanza del colegio y todo, Jacinta, la pequeña, no estaba muy bien educada, y tal vez hubiese sido menos simpática si lo estuviese. Corría toda la casa de punta a cabo, se metía en la cocina, torneaba zanahorias, cogía el plumero y limpiaba muebles, y en el jardinillo del hotel hacía herejías con los arbustos, a pretexto de podarlos, según lo practicaban las monjas. Su delicia era revolver en los armarios de su madre. Lo malo era que algunos estaban cerrados siempre.
Un domingo, sin embargo, como su madre hubiese salido a misa, vio Jacinta puestas las llaves del tocador, en el que guardaba, sin duda, preciosidades, pues ni aún entreabrirlo había consentido jamás la señora en presencia de la colegiala; y ésta, cual gatito que puede deslizarse en alacena bien repleta de fiambres y quesos, diose prisa a huronear. Había ropa blanca sutil, semejante a gasa la batista y a espuma los encajes; había bolsas de abalorio, cajitas con collares y brincos, abanicos de nácar, guantes, haces de vetiver, pañolería delicada... Y deslizando la mano bajo un montón de medias de seda, sin estrenar, largas y elásticas como víboras, que parecían retorcerse, sacó la niña un objeto que se quedó mirando, fascinada. Una careta de seda rosa, aplastada ya la picuda nariz por la permanencia bajo otras prendas y cachivaches.
En los niños ejercen misteriosa atracción los atributos carnavalescos, antifaces, disfraces, cuanto huele a máscaras. Jacinta nunca conseguía que las monjas la dejasen ver el carnaval. Aquellos días se hacían desagravios en la capilla y las colegialas no tenían asueto. La niña miraba a la careta, preguntándose interiormente qué expresaba su burlona faz.
Tan ensimismada estaba contemplando el objeto que no vio venir a su padre hasta que él repitió su nombre:
-¡Cinta, Cinta!
Volvióse con sobresalto, dejando caer la careta.
-¿Qué es eso? ¿Quién te lo ha dado?
Balbuciente, la chiquilla murmuró, excusándose:
-Estaba ahí... ahí...
Y señalaba al armario de su madre. El padre, por un momento no se dio cuenta exacta del caso. Hay un intervalo entre el hecho sin relación con otros anteriores y el cálculo de su significación. Una careta... Estaba ahí... Cubrió por fin sus ojos una nube de las que no tienen existencia real, que vienen de dentro y parecen formadas de tinieblas psicológicas. Tendió el brazo, recogió la prenda, dio dos vueltas a la llave del armario y se la guardó como por máquina. La careta también pasó al bolsillo. Ordenó a Jacinta:
-Vete a jugar al jardín.
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