En tiempos antiguos, cuando el abuelo era todavía un niño muy pequeño y paseaba con pantalones rojos, una chaquetita roja con faja y un gorrito con pluma —y debo deciros que entonces vestían así precisamente a los niños, si querían engalanarlos—, pues bien, en aquellos lejanísimos tiempos todo era completamente distinto a como es ahora.
¡Qué fiestas, por ejemplo, se organizaban en las calles! Nosotros ya no veremos nada semejante: hace muchísimo que las abolieron, pues, veréis, habían pasado de moda. ¡Pero qué divertido resulta ahora escuchar los relatos del abuelo sobre ello, ni siquiera podéis imaginarlo!
¡Qué magnificencia era aquella, cuando, por ejemplo, los zapateros cambiaban la sede de su gremio y trasladaban a nuevo lugar el letrero corporativo! Al frente de la procesión ondeaba majestuosamente un estandarte de seda con la imagen de un gran zapato y un águila bicéfala. Los aprendices más jóvenes llevaban solemnemente una copa de brindis y un gran cofre, mientras en sus mangas ondeaban al viento cintas rojas y blancas. Los aprendices mayores sostenían en las manos espadas desenvainadas con limones ensartados en las puntas. La música resonaba con tal fuerza que hacía temblar el cielo, y el instrumento más notable de la orquesta era el «pájaro» —así llamaba el abuelo a un largo mástil coronado por una media luna y adornado con toda clase de campanillas y cascabeles—, ¡una auténtica música turca! Levantaban el mástil y lo balanceaban de un lado a otro; las campanillas tintineaban y repiqueteaban, y ante los ojos simplemente centelleaba el oro, la plata y el cobre que brillaban al sol.
Delante de todos corría un arlequín vestido con un traje hecho de retales multicolores; tenía la cara embadurnada de hollín y el gorro adornado con cascabeles, ¡ni más ni menos que un caballo uncido a un trineo! Agitaba su bastón a diestro y siniestro, pero era un bastón-traca: solo hacía un fuerte estruendo y asustaba a la gente, sin causar daño a nadie. La multitud se apiñaba y empujaba, unos esforzándose por avanzar, otros por retroceder; muchachos y muchachas tropezaban y caían directamente a la cuneta, mientras las viejas comadres trabajaban desesperadamente con los codos, miraban furiosas a su alrededor y blasfemaban. Por todas partes se oían murmullos y risas. La gente se apostaba en las escaleras, se asomaba por las ventanas, e incluso algunos se subían a los tejados. En el cielo brillaba intensamente el sol. Es cierto que a veces caía sobre la procesión una ligerísima llovizna, ¡pero qué importa la lluvia al campesino: aunque se empape toda la ciudad hasta los huesos, la cosecha será más abundante!
¡Qué bien narraba nuestro abuelo, uno podía escucharlo hasta perderse! Pues siendo aún un niño pequeño, él mismo había visto todo aquello con sus propios ojos. El aprendiz mayor del gremio siempre trepaba al estrado construido justo debajo del letrero y pronunciaba un discurso —y no de cualquier manera, sino en verso, como inspirado—. Aunque, en verdad, aquí no faltaba la inspiración: pues componía el discurso junto con dos amigos, y comenzaban su trabajo vaciando una jarra entera de ponche —para beneficio de la causa, naturalmente—. El pueblo recibía aquel discurso con gritos de «¡hurra!». Pero aún más fuerte gritaban «¡hurra!» al arlequín cuando también él subía al estrado y parodiaba al orador. Todos reían hasta caer al suelo, mientras él bebía tranquilamente hidromiel en copitas de vodka y las lanzaba a la multitud, y la gente las atrapaba al vuelo. El abuelo poseía una de aquellas copitas: la había atrapado cierto yesero y se la regaló como recuerdo. ¡Sí, aquello sí que fue diversión de verdad! Y el letrero, todo cubierto de flores y verdor, lucía orgulloso en su nuevo emplazamiento.
—¡Una fiesta como esa no se olvida, aunque se viva hasta los cien años! —decía el abuelo.
Y en efecto, nada había olvidado, a pesar de cuántas fiestas y celebraciones hubo de presenciar a lo largo de su vida. Muchas cosas podría haber contado, pero lo más divertido de todo era su relato sobre cómo en una gran ciudad trasladaron los letreros.
El abuelo era todavía un niño muy pequeño cuando llegó con sus padres a aquella ciudad, la más grande del país. Las calles estaban repletas de gente, y el abuelo incluso pensó que allí también celebrarían solemnemente el traslado de los letreros, los cuales, dicho sea de paso, resultaron ser numerosísimos: cientos de habitaciones podrían llenarse con aquellas imágenes si, en vez de colgarlas fuera, se colocaran dentro de las casas. En el letrero del sastre aparecían representadas diversas prendas de vestir, y si él quisiera, podría transformar incluso a la persona más desgarbada en la más hermosa. En el del comerciante de tabaco había dibujados niños monísimos con cigarros en la boca, ¡unos pilluelos de cuidado! Había letreros con mantequilla y arenques, letreros con cuellos pastorales y ataúdes, ¡y cuántos carteles y anuncios colgaban por todas partes, innumerables! Podías caminar todo el día de arriba abajo por las calles y contemplarlos cuanto tu alma deseara —pues eran imágenes—. Y de paso también descubrías qué clase de gente vivía en cada calle —pues ellos mismos habían colgado sus propios letreros—.
—Además —decía el abuelo—, cuando llegas a una gran ciudad, resulta útil e instructivo saber qué se esconde tras los gruesos muros de piedra de las casas.
Y he aquí que toda aquella confusión con los letreros ocurrió precisamente el día en que el abuelo llegó a la ciudad. Él mismo lo contó, y muy coherentemente, aunque mamá aseguraba que me estaba tomando el pelo. No, esta vez el abuelo hablaba en serio.
La misma primera noche tras su llegada a la ciudad, se desató una tormenta terrible, tan espantosa que ni los periódicos la habían descrito jamás ni los ancianos la recordaban. El viento arrancaba las tejas de los tejados, las viejas vallas crujían y se desplomaban, y de pronto una carretilla echó a rodar calle abajo para huir de la tormenta. Y la tormenta arreciaba cada vez más; el viento aullaba salvajemente, rugía y golpeaba contraventanas, muros y techos. El agua de los canales se salió de madre y ya no sabía dónde meterse. La tormenta se precipitaba sobre la ciudad, rompía y se llevaba las chimeneas. ¡Y cuántos altos y orgullosos campanarios de iglesias se doblaron aquella noche —imposible contarlos! Y nunca más volvieron a enderezarse.
Frente a la casa del respetable jefe de bomberos, quien acudía al incendio cuando del edificio solo quedaban tizones, había una garita de vigilancia. Pues bien, la tormenta, por alguna razón, quiso privarle de aquel modesto símbolo del valor contra incendios y, volcando la garita, la hizo rodar estruendosamente calle abajo. Por extraño que parezca, la garita se detuvo frente a la casa del pobre carpintero, ese mismo que durante el último incendio había sacado del fuego a tres personas —y allí se quedó plantada, aunque, por supuesto, sin intención alguna.
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