En el jardín de la poderosa reina se habían reunido flores de todas las estaciones, de todas las partes del mundo; especialmente muchas había de rosas, las flores favoritas de la reina, rosas de todos los géneros y especies, desde el rosal silvestre con sus hojas verdes y fragantes hasta las más bellas rosas de Provenza. Treparon por los muros del palacio, envolvieron columnas y ventanas, se abrieron paso hacia los corredores y se extendieron hasta los techos mismos de las estancias palaciegas. ¡Qué divina diversidad de aromas, formas y colores había en el jardín de la reina!
Pero dentro del propio palacio reinaban la tristeza y el dolor. La yacía en su lecho de muerte; los médicos anunciaron que su hora final estaba cercana.
—El único medio para salvar a la reina —dijo el más sabio de los médicos— es traerle la rosa más hermosa del mundo, emblema del amor más alto y más puro. La reina no morirá si contempla esta rosa antes de cerrar los ojos para siempre.
Y así, viejos y jóvenes acudieron al lecho de la reina con las rosas más hermosas que jamás hubieran florecido en el país, pero entre ellas no estaba aquella rosa. ¡Esa rosa florecía en el jardín del amor! Pero ¿cuál era exactamente la que constituía el emblema del amor más alto y más puro?
Y los escaldos cantaron acerca de la rosa más hermosa del mundo, pero cada uno ensalzaba la suya propia. Entonces se lanzó un pregón por todo el país, se hizo un llamado a todos los corazones que laten por amor, se dirigió un ruego a todos los estamentos, a todas las edades.
—¡Nadie ha nombrado aún la verdadera rosa! —dijo el sabio—. Nadie ha señalado dónde florece en toda su belleza. No ha brotado de la tumba de Romeo y Julieta, ni de la sepultura de Valborga (Heroína de la tragedia de Oehlenschläger «Axel y Valborga», cuyo argumento está tomado de una antigua canción popular sobre el desdichado amor de Axel y Valborga. —Nota del traductor.), aunque las rosas de sus tumbas perfumarán eternamente las leyendas y los cantos; no ha surgido de las lanzas ensangrentadas de Winkelried, ni de la sangre sagrada que brotó del pecho del héroe que murió por la patria, ¡aunque no hay muerte más dulce que ésta, ni rosa más roja que la sangre derramada por la patria! Tampoco a ella dedica su joven vida el hombre que pasa años tras años, días enteros y largas noches sin sueño, cuidando la mágica rosa de la ciencia.
—¡Yo sé dónde florece esa rosa! —dijo una madre dichosa, que llegó al lecho de la reina con un pequeñito en brazos—. ¡Sé dónde debe buscarse la rosa más hermosa del mundo, emblema del amor más alto y más puro! Florece en las sonrosadas mejillas de mi querido pequeño, cuando, reconfortado por el sueño, abre sus alegres ojitos y me sonríe con amor.
—Hermosa es esa rosa, pero hay otra aún más hermosa —dijo el sabio.
—Sí, mucho más hermosa —dijo una de las mujeres—. La he visto. No hay en el mundo rosa más sagrada, pero estaba pálida como los pétalos de una rosa de té. La vi en las mejillas de la reina; ella se quitó su corona real y caminó toda la larga y angustiosa noche, meciendo a su hijo enfermo, llorando sobre él, besándolo y rezando por él, como sólo puede rezar una madre en las horas de mortal temor por un hijo querido.
—Sagrada es la blanca rosa del dolor, grande es su poder, pero aun así no es esa rosa.
—Yo la he visto, la rosa más hermosa del mundo, la vi ante el altar del Señor —dijo un anciano y piadoso obispo—. Brillaba como el rostro luminoso de un ángel. Las jóvenes doncellas se acercaban a la comunión, para renovar el voto hecho en el bautismo, y en sus frescas mejillas florecían rosas rojas y blancas. Y he aquí que ante el altar estaba una joven doncella; con toda su alma, llena de pureza celestial y de amor, se elevaba hacia Dios. ¡He ahí el amor más puro, el más alto!
—Bendita sea tal amor, pero aun así nadie ha nombrado todavía la rosa más hermosa del mundo —dijo el sabio.
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