En casa de la abuela, la viejecita, había un Frasco guardado en el trastero. Una vez la viejecita abrió su trastero y el Frasco salió de un salto. Salió de un salto y empezó a fanfarronear: «No hay para mí, el Frasco, ningún valiente igual aquí, no tengo con quién, yo el héroe, medir mis fuerzas. Me iré a tierras lejanas, a la ciudad de Jerusalén, a luchar contra los sarracenos». El Frasco reunió para sí unos compañeros valientes, un Carbón y una Pajita, y se fueron hacia tierras desconocidas: cruzando el umbral, al vestíbulo; del vestíbulo, al porche. Y junto a ese porche los mozos vieron un lago ancho: toda una cubeta de agua que una muchacha había derramado.
Dice el Frasco-héroe: «Cruza tú, Pajita, sobre el lago de una orilla a otra: nosotros pasaremos sobre ti». La Pajita se tendió. El Carbón, que es ardiente, saltó adelante. Justo en medio del lago, al Carbón se le nubló la cabeza de miedo, se detuvo... De pronto grita la Pajita: «¡Ay, Dios mío, qué calor! ¡Queridos, me quemo! ¡El Carbón me abrasa!..» Se quemó y ¡plas!, cayó junto con el Carbón al agua. Y el Frasco rió y rió, entre carcajadas, resbaló del porche y se estrelló contra una piedra.
¡Si no hubiera sido por esta desgracia, los sarracenos no verían ahora la ciudad de Jerusalén!
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