Vivía en una ciudad un hombre rico que viajaba a Nizhni Nóvgorod a la feria para comprar toda clase de mercancías. Una vez le ocurrió navegar con sus bienes por el Volga. Navegó un día y dos, todo iba bien, pero al tercero se desató una fuerte tormenta que hundió su embarcación junto con la gente y las mercancías; solo él logró salvarse a duras penas sobre una tabla. Las olas lo arrojaron a la orilla, recobró el sentido, salió a tierra y regresó a casa caminando.
Llegó a casa y contó a su mujer su desgracia. La mujer lloraba no tanto por el marido como por la riqueza perdida. Y he aquí que este pobre hombre no sabía ni cómo ganarse el sustento. Pues antes había vivido ricamente, se había acostumbrado al lujo, y trabajar le resultaba del todo imposible. Comenzó a ir a la iglesia, a pedir ayuda ante el icono de la Madre de Dios. Pidió una vez, otra y una tercera, pero el icono no le concedía ayuda alguna. Se enfureció y dijo: «¡Pues si es así...!» Y se le ocurrió: «Voy a quitarle la cubierta de plata». Aprovechó un momento en que no había nadie en la iglesia, quitó la cubierta del icono, la arrugó hasta hacerla una bola y la vendió a un platero. Con ese dinero volvió a dedicarse al comercio, y en cinco años prosperó tanto que llegó a vivir mejor que antes. De pronto recordó: «¿Qué he hecho? Quité la cubierta a la Madre de Dios, ¡pero no hice una nueva!».
Encargó al platero una nueva cubierta para el icono y le dio las medidas. El platero la preparó pronto, la trajo y se la entregó al mercader. Este tomó la cubierta, fue a la iglesia, y nadie notó cómo la colocó sobre el icono. Y resultó que la nueva cubierta era mucho mejor que la anterior. Los feligreses se reunieron en la iglesia, vieron que la cubierta no era la misma. Se lo dijeron al sacerdote, y éste se maravilló: «¿Cómo ha podido ocurrir esto?». Durante todo el tiempo que el icono estuvo sin cubierta, nadie lo había notado; a todos les parecía que seguía teniendo su cubierta; algunos incluso se acercaban a besarlo sin percibir nada. Solo entonces se descubrió todo, cuando apareció sobre el icono la nueva cubierta y el propio mercader se confesó ante el sacerdote.