Estaba sentado Sidén-posidén en un banco durante noventa años.
Le había crecido una barba hasta el suelo. Los gatitos jugaban con ella. Los niños le arrancaban pelos para usarlos como sedal de pesca.
Sidén estaba sentado y cantaba.
Y su canción era corta, solo de dos palabras:
—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..
Hiciera lo que hiciera alguien, malo o bueno, él seguía con lo suyo:
—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..
Y tenía una voz tan penetrante en el alma, que a quien hacía el mal le iba peor con su canto, mientras que a quien hacía el bien le resultaba dulce.
Una vez pasó junto a la cabaña un mercader y se le rompió una rueda del carruaje.
El mercader bajó del carruaje y entró en la cabaña.
No se santiguó el mercader, ni se quitó el gorro.
Pero Sidén-posidén seguía sentado, cantando:
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