Cuento literario

Siéntate-siéntate

Un anciano inmóvil que observa en silencio durante noventa años se levanta finalmente para impartir justicia divina sobre un comerciante arrogante e impío, demostrando que la paciencia y la observación tienen un propósito moral.

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Siéntate-siéntate

Estaba sentado Sidén-posidén en un banco durante noventa años.

Le había crecido una barba hasta el suelo. Los gatitos jugaban con ella. Los niños le arrancaban pelos para usarlos como sedal de pesca.

Sidén estaba sentado y cantaba.

Y su canción era corta, solo de dos palabras:

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

Hiciera lo que hiciera alguien, malo o bueno, él seguía con lo suyo:

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

Y tenía una voz tan penetrante en el alma, que a quien hacía el mal le iba peor con su canto, mientras que a quien hacía el bien le resultaba dulce.

Una vez pasó junto a la cabaña un mercader y se le rompió una rueda del carruaje.

El mercader bajó del carruaje y entró en la cabaña.

No se santiguó el mercader, ni se quitó el gorro.

Pero Sidén-posidén seguía sentado, cantando:

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

—¡Esto no es asunto tuyo —dijo el mercader—, y siéntate, ya que no tienes piernas!

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

—¡Bien, pues mira!..

El campesino se sentó a la mesa, mandó traer su provisión de viaje, sacó de ella medio chark de vodka, pidió col agria para picar y comenzó a beber de una copita de plata.

Pero Sidén-posidén seguía con lo suyo:

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

—¡Ah, viejo demonio canoso! —exclamó el mercader enfadado—. «Estoy sentado, estoy mirando», ¡pues me importa un bledo! ¡Bebo vodka y seguiré bebiendo! ¿Quién va a darme órdenes?..

El mercader bebío diez copitas.

Se embriagó.

—Quiero —dijo— que las muchachas bailen. ¡Traedlas, reunid a todo el pueblo!

El campesino en cuya casa vivía posidén era pobre y, por supuesto, se alegró de que el mercader se divertira. Pensó que habría ganancias... Al instante fue donde hacía falta y reunió a la gente. La cabaña se llenó de gente hasta rebosar.

El mercader festejaba, tirando rublos como si quisiera represar un río. Los arrojaba de aquí para allá. Muchachos y muchachas se emborracharon. Comenzó la vergüenza.

Gritaban canciones indecentes, y la soldadesca Arina se quitó toda la ropa y, tal como la parió su madre, comenzó a caminar por la cabaña como un cisne blanco.

Con manos y pies hacía tales cosas, que al mercader le salió sudor por todo el cuerpo, tanto le excitó.

Pero Sidén-posidén:

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

—¡Sacadlo de aquí! —rugió el mercader—. ¿Qué bromas son esas?

Todos callaron, quedaron de pie sin saber qué hacer.

—¿Por qué estáis parados? ¿Acaso tenéis miedo?

El mercader se acercó a posidén y lo tomó de la barba.

Todos exclamaron horrorizados.

Pero posidén seguía con lo suyo:

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

—¡Ahora mismo vas a mirar tú! —se puso rojo el mercader—. ¡Te daré una buena paliza!

Y comenzó a sacudir a posidén por la barba.

—¿Ahora callarás?

—¡Estoy sentaaado, estoy miraaando!..

—¡Ah, perro, toma esto, viejo cascarrabias!

El mercader levantó el brazo para golpear a posidén, pero no pudo: su brazo quedó colgando como un látigo.

Quiso tocárselo con la mano izquierda, y lo mismo ocurrió con esa.

—¡Me estoy petrificando! —gritaba—. ¡Ah, me estoy petrificando!

Y en verdad, se volvió gris, cayó al suelo. Todos miraban: ¿qué milagro era ese? En lugar del mercader yacía una piedra gris con forma humana.

Todos comprendieron que posidén había castigado al mercader como merecía. Sacaron la piedra fuera y la arrojaron desde una colina al río.

Después volvieron a la cabaña y vieron que posidén caminaba.

—¡El abuelo se ha levantado! ¡Vaya maravillas!..

—¡He esperado a quien debía, ya es hora de levantarme! —Y posidén se rió, su rostro se iluminó.