Hernández se encontraba en ese período en que un hombre, exaltado por la vehemencia pasional, quisiera realizar cosas tales, que asombrasen al mundo y demostrasen el temple extraordinario de su espíritu. Acaso también hubo un momento en que no fué dueño de su lengua, y anunció más de lo que á sangre fría debiese anunciar. Lo cierto es que, embriagado con sus propias palabras, y viendo lucir una chispa de interés en aquellas pupilas de infierno dulce, juró que cruzaría las arenas por la parte afuera del dique y por ellas regresaría á la Abadía sano y salvo.
A pesar nuestro nos habían persuadido un poco sus graciosas rodomontades, y no sé por qué imaginamos el peligro menor. Tampoco creímos quizá que aquel mala cabeza realizase su plan con tan fulminante rapidez.
No medió entre el alarde y el hecho más de media hora. Salió Sotero muy ceñido de cinturón y polainas, llevando por todo bagaje unos gemelos de turista, y ni más ni menos que si se tratase de cruzar los Alpes, un largo palo de herrada punta.
Con aquel palo empezó á reconocer el arenal, donde se enfrascó desde luego. Hay en las arenas movedizas zonas sólidas, y en conocerlas y seguirlas sin desviarse á derecha ni á izquierda están la dificultad y el triunfo. Tentando hábilmente, siguió Hernández una de estas vetas, demostrando gran sangre fría y seguridad de movimientos. Sabía que desde la terraza que domina las dunas le observábamos, y de vez en cuando se paraba, sacaba sus gemelos, los dirigía hacia nosotros, que le asestábamos los nuestros, y nos hacía con la diestra, antes de proseguir, gentil saludo...
Al verle caminar con paso elástico, avanzando hacia el extremo de los arenales, más allá del cual el piso se consolida y la roca aflora la tierra, todos los del corro empezaban á tomar la hazaña á broma, y, por supuesto, ella se reía. Sólo yo, presa de angustia inmensa, que me había acometido de repente, notaba un sudor frío humedeciéndome la raíz del cabello.
No podían ser puras invenciones los relatos de hombres sorbidos por la arena, de coches hundidos con su caballo, de rebaños de doscientas cabezas desaparecidos. Y era lo más aterrador recordar que, según se afirmaba, nadie conoce la profundidad de las arenas. Una bala de cañón lanzada al abismo arrastra toda la cantidad de soga que se le quiera poner, hasta el suelo de la bahía: es tragón, como las fauces de la eternidad. Los buques que en ella se pierden no quedan en el fondo visible; la arena los chupa en un santiamén. No hay sondas que alcancen á explorar ese terrible suelo.
De repente las risas se trocaron en chillidos de horror. O Hernández había perdido la ruta segura, ó, como era más probable, la zona firme cesaba y empezaba el terreno flojo. Ello es que le vimos hundirse, como por escotillón de teatro, suavemente, sin hacer movimiento alguno. Después supimos que, sereno, y sabedor de quetoda contorsión precipita el naufragio en las arenas, se limitó—al notar la atroz sensación de perder pie—á ejecutar lo único que en tal caso puede ser útil: abrir los brazos, sosteniendo horizontal en ellos la pértiga, y cortar por este medio el remolino que se lo tragaba... Le veíamos perfectamente, y nos veía él, y nos miraba, serio ya, y yo grité desesperadamente:
—Un guía! ¡Gente! ¡Un viajero se ahoga en la arena!
Tal vez el caso no era nuevo: ello fué que en un momento se organizó el envío de socorros, y dos prácticos volaron en auxilio del imprudente... Seguían el mismo camino por él emprendido: faltaba que él pudiese resistir hasta la llegada de los salvadores... Nos aterró ver que su cabeza bajaba al nivel del suelo—. Fué esto, sin embargo, lo que le salvó—. Reuniendo sus fuerzas y sus energías logró tenderse, y habiendo soltado las piernas, raneaba suavemente, de un modo casi imperceptible, hacia la parte sólida del arenal. Todo movimiento descompuesto podría provocar la formación de otro vórtice, aunque en aquella posición era ya más difícil... Y así, nadando, ó reptando, antes de que llegasen los que iban á auxiliarle, alcanzó el terreno sólido...
¡Lo alcanzó, sí..., pero en qué estado, con qué cara! Nos pareció ver á un muerto que salía del sepulcro. No hace falta ser cobarde para experimentar vértigo de espanto ante las arenas tragonas...
—¿Y qué hizo después con su amor?—interrogó Braulio.
—¡No hay amor que á eso resista!—contesté despreciativo.