En las casas se encendían los árboles de Navidad, cargados de regalos; la gente se alegraba y se divertía. En el pueblo, en las casas campesinas, no cesaban los violines, los pasteles de manzana volaban por el aire. Incluso los niños más pobres decían:
«¡Qué maravilloso es, después de todo, el invierno!»
Sí, era maravilloso. La niña le mostraba todo al niño, y por todas partes exhalaba su fragrance el saúco, por todas partes ondeaba la bandera roja con la cruz blanca, la bandera bajo la cual había navegado el antiguo marinero de Nueva Aldea. Y así el niño se convirtió en joven, y también a él le tocó emprender un largo viaje hacia tierras cálidas donde crece el café. Al despedirse, la niña le dio una flor de su pecho, y él la guardó en un libro. Con frecuencia, en tierra extranjera, recordaba su patria y abría el libro, siempre en el lugar donde reposaba la flor. Y cuanto más miraba el joven la flor, más fresca se volvía, más intensamente perfumaba, y al joven le parecía oír la fragancia de los bosques daneses. En los pétalos de la flor veía el rostro de la niña de ojos azules, y casi escuchaba su susurro: «¡Qué bien se está aquí en primavera, en verano, en otoño y en invierno!» Y cientos de imágenes desfilaban en su memoria.
Así pasaron muchos años. Envejeció y se sentaba con su anciana esposa bajo el árbol en flor. Se tomaban de la mano y hablaban del pasado, de sus bodas de oro, exactamente igual que su bisabuelo y su bisabuela de Nueva Aldea. La niña de ojos azules, con flores de saúco en el cabello y en el pecho, estaba sentada en las ramas del árbol, les asentía con la cabeza y decía: «¡Hoy son vuestras bodas de oro!» Luego sacó de su corona dos flores, las besó, y estas brillaron, primero como plata y luego como oro. Y cuando la niña colocó aquellas flores sobre las cabezas de los ancianos, las flores se transformaron en coronas de oro, y el esposo y la esposa quedaron sentados como rey y reina, bajo el árbol fragante, tan parecido a un arbusto de saúco. Y el anciano le contó a su esposa la historia de la Madre del Saúco, tal como él mismo la oyó en su infancia, y a ambos les parecía que en aquella historia había mucho parecido con la historia de sus propias vidas. Y precisamente aquello que se parecía era lo que más les gustaba.
—¡Así es! —dijo la niña, sentada entre el follaje—. Unos me llaman Madre del Saúco, otros Dríada, pero mi verdadero nombre es Recuerdo. Me siento en el árbol, que sigue y sigue creciendo. Lo recuerdo todo, puedo contarlo todo. ¡Muéstrame, acaso todavía conservas mi flor?
Y el anciano abrió el libro: la flor de saúco yacía tan fresca como si acabaran de colocarla entre las páginas. Recuerdo hizo un gesto cariñoso con la cabeza hacia los ancianos, y ellos, sentados con sus coronas de oro, iluminados por el sol púrpura del atardecer, cerraron los ojos, y... y... ¡Y aquí termina el cuento!
El niño yacía en la cama y él mismo no sabía si había visto todo aquello en sueños o solo lo había oído. La tetera estaba sobre la mesa, pero de ella no crecía ningún saúco, y el anciano se disponía a marcharse y se fue.
—¡Qué maravilloso! —dijo el niño—. ¡Mamá, he estado en tierras cálidas!
—¡Cierto! ¡Cierto! —dijo la madre—. Después de dos tazas así de té de saúco, no es de extrañar haber estado en tierras cálidas. Y lo arropó bien para que no resfriara—. ¡Has dormido muy bien mientras discutíamos si esto era un cuento o realidad!
—¿Y dónde está la Madre del Saúco? —preguntó el niño.
—¡En la tetera! —respondió la madre—. Allí es donde debe estar.