Un campesino caminaba por el campo. Se encontró con tres buenos mozos: el Sol, la Escarcha y el Viento.
—¡Salud, paisano! —dijo el campesino y se quitó el gorro.
—¿Pero a quién le haces esa reverencia? —preguntó el Sol—. ¿Acaso a mí, para que no te tueste?
—¡Nada de eso! —dijo la Escarcha—. Él me teme más a mí.
—¡Y a mí me quiere más! —interrumpió el Viento—. Entonces, la reverencia es mía.
Los amigos empezaron a discutir, casi agarrándose de los mechones.
—Bueno, si es así —dijo finalmente el Viento—, preguntémosle a él mismo. ¡Oye tú, paisanito! ¿A quién le hiciste esa reverencia? ¿A mí, al Viento?
—A ti, hermanito.
—¡Espera, patán! —resopló el Sol—. Te tostaré como a un cangrejo. ¡Te acordarás de mí!
—¡No temas, paisano! —silbó el Viento—. Yo lo alejaré de un soplo.
—¡Pues yo te congelaré! —crujió la Escarcha.
—¡No temas, paisano! —silbó el Viento—. No soplaré, y él no te tocará.
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