Venía de Solovki un peregrino, cegatón. En cuántos monasterios no estuvo, ante cuántos iconos y reliquias no se postró, pero sus ojos no se abrieron. Caminaba el peregrino, levantando polvo con sus abarcas, golpeando el camino con su bastón. No sabía adónde ir, dónde buscar un milagro.
Se inclinaba la tarde hacia el ocaso. Cansado estaba el peregrino, le entró hambre. Se apartó del camino a un lado, tanteó alrededor con el bastón. El bastón golpeó una piedra.
Se sentó sobre ella el peregrino, sacó de su alforja un trozo de pan duro, se santiguó y comenzó a comer.
En aquel lugar donde se sentó el peregrino, había tres robles. Estaban juntos, entrelazadas sus ramas como hermanos de sangre. Eran fuertes, altos y frondosos.
Sentado está el peregrino, comiendo su trozo de pan, y de pronto oye:
—Otra vez, hermanos, ha venido un hombre a nosotros. Pidiámosle que rece por nosotros.
—No lo hará. Cuántos han venido... Cada uno va a lo suyo, ¿quién va a rezar por nosotros?
—Si no tuviera que contar mi pecado, quizás alguien sí rezaría, pero cada cual piensa: tal pecado no puede ser expiado.
Se maravilló el peregrino: ¿qué es esto?, piensa, qué extrañeza, ¿quién habla así? Las voces son tan apagadas, como si vinieran de bajo tierra.
—Somos nosotros, hombre de Dios, los robles. Tres estamos aquí junto al camino, tres ladroncillos. Nos castigó el Señor, encerró nuestra alma en carne de madera... Te confesaremos, y tú reza por nosotros, hombre de Dios.
—Yo también querría rezar —dijo el peregrino—, pero mis oraciones no llegan hasta Dios. Cuántos años llevo rezando, y sigo ciego.
—Reza, peregrino —piden los ladrones—, te contaremos nuestros pecados.
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